UNA LISTA DE PEQUEÑAS COSAS PARA HACER ESTE OTOÑO
Hay lugares donde septiembre llega con hojas secas en las aceras, tardes más frescas y árboles que poco a poco cambian de color. Y hay otros donde el paisaje sigue casi igual, donde no existe realmente eso de sacar los abrigos, caminar entre hojas naranjas o sentir que el aire anuncia una nueva estación.
Y aun así, siempre me ha parecido bonito dejarse contagiar un poquito por el otoño.
No porque tengamos que fingir que vivimos en una película, ni llenar la casa de calabazas porque sí, sino porque hay algo en esta época que nos invita a bajar un poco el ritmo, mirar alrededor y volver a disfrutar ciertas cosas sencillas.
Tal vez afuera siga haciendo calor. Tal vez no haya hojas cayendo frente a nuestra ventana. Tal vez septiembre se parezca muchísimo a agosto. Pero eso no significa que no podamos hacer espacio para una temporada distinta dentro de nuestra propia vida.
A veces una estación también puede ser eso: una excusa bonita para cambiar un poco la rutina.
Para volver a leer.
Para ordenar ese rincón que hemos ido dejando para después.
Para cocinar algo que nos guste.
Para poner música mientras hacemos las cosas de siempre.
Para salir a caminar sin necesidad de tener un destino importante.
Para guardar el teléfono durante un rato y dedicarle tiempo a algo que realmente disfrutamos.
Y como no hace falta esperar a que cambie el clima para empezar, quise hacer una pequeña lista de cosas sencillas que podemos regalarle a estos meses.
No son metas. No son pendientes. Mucho menos una lista que haya que completar.
Son apenas ideas para hacer la vida un poquito más bonita.
Elegir un libro para acompañar la temporada
No tiene que ser uno profundo ni uno de esos que prometen cambiarte la vida. Puede ser una novela que llevas meses queriendo leer, un libro que ya conoces y te provoca volver a visitar, o incluso uno escogido únicamente porque su portada te hizo sonreír.
Hay algo muy especial en tener una historia esperando junto a la cama o sobre una mesa.
Leer unas páginas antes de dormir, llevarlo contigo cuando tienes que esperar en algún lugar o dedicarle un rato durante el fin de semana puede convertirse, sin querer, en uno de esos pequeños momentos que empiezas a esperar durante el día.
Hacer una playlist para septiembre, octubre y noviembre
Las canciones tienen una forma curiosa de quedarse pegadas a las temporadas.
Años después escuchamos una y, de repente, volvemos a una calle, a una persona, a una versión antigua de nuestra vida.
Por eso me gusta la idea de escoger algunas canciones para estos meses. Canciones que se sientan bonitas, nostálgicas, alegres o simplemente cómodas.
No tienen que hablar del otoño.
Solo tienen que sentirse como algo que querrías escuchar una tarde cualquiera mientras ordenas la casa, sales a caminar o miras por la ventana durante un viaje.
Quizá dentro de unos años una de ellas vuelva a sonar y, sin darte cuenta, recuerdes exactamente cómo se sentía este septiembre.
Visitar un lugar en el que nunca hayas estado
No tiene que ser lejos.
De hecho, puede estar a quince minutos de tu casa.
Una librería pequeña, una panadería que siempre ves de camino a otro sitio, un parque, una cafetería escondida, un mercado, una calle bonita, un museo que nunca has visitado.
A veces vivimos tanto tiempo cerca de un lugar que dejamos de mirarlo con curiosidad.
Nos acostumbramos a las mismas rutas, los mismos comercios y los mismos fines de semana.
Cambiar una sola de esas cosas puede hacer que un día normal se sienta inesperadamente especial.
Cocinar algo únicamente porque te hace ilusión
No porque sea saludable.
No porque esté de moda.
No porque tengas que aprovechar algo antes de que se eche a perder.
Simplemente porque te provoca.
Puede ser un pastel, unas galletas, una sopa, una receta que viste hace meses o esa comida que siempre dices que algún día vas a aprender a preparar.
Y si no te gusta cocinar, también vale comprar algo rico y disfrutarlo sin convertirlo en una ocasión especial.
A veces esperamos demasiado para darnos pequeños gustos.
Y probablemente no deberíamos necesitar una celebración para comer algo que nos hace felices.
Tener una tarde sin grandes planes
Esta puede ser más difícil de lo que parece.
Una tarde en la que no haya que aprovechar cada minuto.
Sin sentir que tienes que limpiar toda la casa, adelantar trabajo, responder veinte mensajes o convertir el descanso en otra tarea pendiente.
Una tarde para ver una película que ya has visto demasiadas veces, caminar un rato, dormir una siesta, dibujar, armar algo, escuchar música o simplemente estar.
No siempre tenemos que terminar el día con algo que mostrar.
Hay días cuyo único logro debería ser haberlos disfrutado.
Imprimir algunas fotografías
Vivimos rodeados de miles de fotos que casi nunca volvemos a ver.
Están ahí, guardadas entre capturas de pantalla, recibos, memes y veinte intentos de la misma fotografía.
Quizás estos meses sean un buen momento para escoger algunas.
No tienen que ser las más bonitas.
Tal vez precisamente las mejores sean las que salieron un poquito movidas, las que fueron tomadas sin pensarlo demasiado o las que muestran un día que en ese momento parecía completamente normal.
Imprimir cinco o diez fotografías, guardarlas en una caja, poner una en un marco o escribir detrás la fecha y una pequeña nota puede parecer algo insignificante.
Hasta que pasan los años.
Escribir una carta que quizá nunca entregues
A alguien que quieres.
A alguien que extrañas.
A quien eras hace algunos años.
O incluso a la persona que esperas ser cuando vuelva a llegar septiembre.
No hace falta que sea perfecta.
Tampoco tiene que terminar convertida en una gran revelación.
Solo escribir.
Contar cómo estás, qué cosas han cambiado, qué estás esperando, qué te preocupa, qué te está haciendo feliz últimamente.
Hay pensamientos que se entienden de una manera diferente cuando finalmente encuentran un lugar sobre el papel.
Comprar algo pequeño para hacer más bonito un rincón cotidiano
No hablo de redecorar toda la casa.
Puede ser una manta, una libreta, una lámpara, una planta, un portarretrato o incluso mover de lugar algo que ya tienes.
Tenemos espacios que vemos todos los días y, precisamente por eso, dejamos de prestarles atención.
A veces basta con cambiar una cosa para sentir que el lugar respira diferente.
Y quizá esa sea también una de las cosas bonitas de una nueva temporada: recordarnos que no todo cambio tiene que ser enorme para sentirse bien.
Caminar un día sin prisa
No para contar pasos.
No como ejercicio.
No porque tengas que llegar a algún sitio.
Solo caminar.
Mirar las casas, los árboles, las tiendas, las personas pasando.
Encontrar cosas que normalmente no ves cuando vas pensando en la siguiente obligación.
Puede que donde vives no haya hojas anaranjadas cubriendo la acera.
Pero siempre hay algo que mirar cuando dejamos de caminar con tanta prisa.
Volver a hacer algo que antes te gustaba
Hay aficiones que no abandonamos porque dejaron de gustarnos.
Simplemente la vida se fue llenando de otras cosas.
Quizá antes dibujabas.
Tocabas un instrumento.
Escribías.
Armabas rompecabezas.
Veías películas antiguas.
Hacías manualidades.
Ibas a caminar.
Tomabas fotografías.
Tal vez no necesitas encontrar un nuevo pasatiempo.
Quizá basta con recordar uno viejo.
Preparar una pequeña lista de cosas que quieres disfrutar antes de que termine el año
No una lista de metas gigantes.
Nada de cambiar completamente de vida antes de diciembre.
Algo mucho más sencillo.
Un lugar que quieras visitar.
Una película que quieras ver.
Algo que quieras aprender.
Una comida que quieras probar.
Una persona a la que quieras volver a escribirle.
Un libro que quieras terminar.
Una tarde que quieras reservar únicamente para ti.
Todavía queda un pedacito bastante bonito del año.
Y no todo lo que hagamos con él tiene que servir para convertirnos en una versión mejorada de nosotros mismos.
También podemos usarlo simplemente para vivir.
Quizá esa sea mi parte favorita de esta época.
El otoño siempre parece hablarnos de cambios, pero no necesariamente de esos cambios enormes que transforman una vida de un día para otro.
A veces puede tratarse simplemente de cambiar una canción, una rutina, una tarde, una esquina de la casa o la manera en la que estamos mirando nuestros días.
Y aunque en nuestro país no exista el otoño de las películas, aunque septiembre no pinte los árboles de naranja y aunque sigamos usando ropa ligera durante casi todo el año, podemos quedarnos con la parte bonita de la idea.
Podemos hacer nuestra propia versión.
Una temporada para leer un poquito más.
Para caminar por lugares nuevos.
Para cocinar algo rico.
Para volver a cosas que habíamos olvidado.
Para crear recuerdos sin esperar que ocurra algo extraordinario.
Porque quizá eso es lo que más me gusta de empezar una nueva temporada: nos recuerda que siempre podemos hacer pequeños cambios sin necesitar una razón enorme.
Y tal vez, cuando lleguen diciembre y todas sus prisas, descubramos que algunos de nuestros recuerdos favoritos de estos meses nacieron precisamente así.
Sin grandes planes.
Y a hacerle espacio a esas pequeñas cosas que terminan volviendo bonita una temporada entera.

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