CUANDO LA VIDA CAMBIA DE GOLPE

 

He estado ausente por un tiempo y sentía que antes de volver a escribir como siempre, necesitaba sentarme con calma y contarles un poco lo que ha estado pasando. No quería simplemente aparecer con una publicación más, como si nada hubiera pasado, porque este espacio siempre ha sido muy especial para mí. El Rincón de Luna no es solo una página donde se comparten frases bonitas o pensamientos; para mí es una parte muy íntima de lo que soy. Aunque tengo personas que me ayudan con algunas cosas de la página, escribir es algo que tomo de una manera muy personal y también muy profesional. Las palabras que comparto aquí nacen de mí, de lo que siento, de lo que vivo, de lo que aprendo, de lo que a veces me rompe y también de lo que me ayuda a reconstruirme. Y eso, por más ayuda que tenga alrededor, no lo puede hacer nadie más por mí.

La verdad es que hace un par de meses diagnosticada con cáncer. Todavía me cuesta escribir esa frase, porque una cosa es escucharla en historias ajenas, en películas, en conversaciones lejanas, y otra muy distinta es que un día esa palabra entre en tu propia vida, se siente en tu mesa, se meta en tus planes y te cambie la forma de mirar todo. No quiero que este texto se trate solamente de la enfermedad, porque al final todos sabemos más o menos lo que esa palabra significa, el miedo que trae, el golpe que da y lo destructiva que puede sentirse. Hoy no quiero escribir desde el diagnóstico como tema central, sino desde lo que pasa por dentro cuando una pensaba que estaba bien, cuando una pensaba que venía una buena etapa, cuando una decía “este será mi año”, y de pronto la vida se cae de un solo.

Creo que a muchos nos ha pasado, aunque sea de formas distintas. Uno empieza un año, una etapa o un proyecto creyendo que ahora sí las cosas van a tomar forma. Haces planes, te emocionas, te organizas, sueñas, oras, trabajas, intentas ser constante, y de repente llega algo que no estaba en el calendario. Algo que nadie te preguntó si estabas listo para vivir. Algo que entra como un tsunami y te deja mirando los pedazos de lo que tú creías tener bajo control. Y eso es lo más difícil: no solo enfrentar lo que pasó, sino aceptar que no estabas preparada, que no sabías cómo reaccionar, que no tenías una respuesta bonita ni una actitud perfectamente fuerte para cada momento.

A mí nadie me preparó para esto. Nadie me enseñó qué se hace cuando recibes una noticia así y luego tienes que seguir siendo tu y además tratar de entender tu propio cuerpo. Nadie me enseñó cómo contestar mensajes cuando ni siquiera yo sabía qué decirme a mí misma. Nadie me explicó cómo se calma el miedo cuando aparece en medio de la noche, o cómo se procesan todas las preguntas que llegan juntas. Y hasta este momento, con toda honestidad, sigo sin descifrarlo por completo. Hay días en los que me siento más fuerte, más tranquila, más esperanzada; y hay otros en los que simplemente estoy tratando de atravesar el día con la mayor ternura posible hacia mí misma.

Y creo que eso también está bien. A veces nos exigimos entender demasiado pronto lo que todavía estamos viviendo. Queremos encontrarle sentido rápido, queremos reaccionar “bien”, queremos ser fuertes para no preocupar a nadie, queremos hablar con fe sin que se nos quiebre la voz. Pero hay procesos que no se entienden de inmediato. Hay dolores que necesitan tiempo. Hay noticias que una no asimila en un solo día. Y si algo he aprendido en estas semanas es que no existe una forma perfecta de vivir una temporada difícil. Cada persona procesa distinto, llora distinto, ora distinto, se queda en silencio distinto y vuelve a levantarse distinto.

Una de las cosas más duras que apareció al inicio fue la culpa. Esa culpa que llega con preguntas crueles y que, en vez de ayudarte, te hunde más. Empiezas a pensar: “¿Por qué no me di cuenta antes?”, “¿por qué no hice esto?”, “¿por qué no pregunté más?”, “¿por qué no fui antes?”, “¿por qué confié en que todo estaba bien?”. Y esas preguntas pueden destruirte por dentro, porque te hacen sentir responsable de algo que muchas veces no estaba en tus manos. La culpa tiene esa forma injusta de aparecer justo cuando una más necesita compasión. Te señala cuando ya estás cansada, te acusa cuando estás asustada, te hace mirar hacia atrás como si pudieras cambiar el pasado con solo castigarte más fuerte.

Pero algo que he tenido que repetirme, y que tal vez tú también necesitas leer hoy, es que uno no es culpable de no haber sabido lo que no sabía. No eres culpable de no haber visto antes algo que todavía no tenía un nombre claro. No eres culpable de haber seguido viviendo mientras algo difícil se estaba formando en silencio. No eres culpable de confiar en que todo estaba bien. La vida no siempre avisa con claridad. El cuerpo no siempre habla de una forma fácil de entender. Las señales no siempre son obvias. Y castigarte por no haber entendido antes solo te quita fuerzas para enfrentar lo que hoy sí necesitas atender.

Algo que me ha ayudado mucho con esa culpa ha sido escribir. Empecé a usar una libreta especial para sacar todo lo que tenía dentro. No para escribir bonito, no para publicar, no para ordenar frases perfectas, sino para vaciar un poco el corazón. Escribí mis miedos, mis preguntas, mi enojo, mi cansancio, mi fe, mis dudas, mis pensamientos repetidos y también esas pequeñas cosas que me sostenían durante el día. Porque escribir, como siempre se los he dicho, es terapéutico. A veces uno no necesita tener todas las respuestas; a veces solo necesita poner lo que siente en algún lugar para que no se quede dando vueltas dentro del pecho. Escribir me ha ayudado a mirarme con más calma, a entenderme un poquito mejor y a ver algunas cosas desde otra perspectiva.

También he aprendido algo que parece sencillo, pero en la práctica no siempre lo es: estar rodeada de quienes te aman lo es todo. Al inicio, en medio del dolor y de la confusión, yo quería alejarme. Buscaba la excusa de que necesitaba estar sola para comprender, para procesar, para entender lo que estaba pasando. Y sí, creo que los momentos a solas son necesarios. Hay silencios que ayudan, hay días en los que uno necesita respirar sin explicar nada. Pero una cosa es necesitar un momento para ti, y otra muy distinta es aislarte completamente de las personas que te aman y que quieren sostenerte.

Cuando estamos pasando por algo difícil, a veces sentimos que somos una carga. Pensamos que es mejor no preocupar a nadie, que nadie va a entender, que es demasiado repetir lo mismo, que es mejor llorar en silencio. Pero el amor no siempre llega para resolverte la vida; a veces llega simplemente para quedarse contigo mientras la vida duele. Y eso vale muchísimo. Las personas que te aman quizá no tienen las palabras exactas, quizá no saben qué decir, quizá también tienen miedo, pero muchas veces tienen presencia. Tienen un mensaje, una oración, una comida, una llamada, una mano extendida, un abrazo que no exige explicaciones. Y en momentos así, eso puede sostener más de lo que imaginamos.

He tenido que aprender a dejarme acompañar. A aceptar que no tengo que ser fuerte todo el tiempo. A decir “hoy no estoy bien” sin sentir vergüenza. A permitir que otros oren por mí, me escriban, me cuiden, me recuerden que no estoy sola. Y si tú estás pasando por algo difícil, quiero decirte esto con mucho cariño: no te alejes del todo. Toma tu espacio, claro que sí. Llora si necesitas llorar. Quédate en silencio si lo necesitas. Pero no cierres la puerta al amor. A veces uno cree que protegerse es aislarse, cuando en realidad lo que más necesitamos es dejarnos abrazar por quienes de verdad nos aman.

Otra cosa que ha sido importante para mí es permitirme sentir sin juzgarme. Porque a veces, además de lo que estamos viviendo, cargamos con la presión de reaccionar de una forma “correcta”. Sentimos que deberíamos tener más fe, más calma, más fuerza, más ánimo, más respuestas. Pero sentir miedo no significa que no tengas fe. Llorar no significa que seas débil. Tener un mal día no significa que estás retrocediendo. Hay días en los que uno puede hablar con esperanza, y hay otros en los que necesita que alguien te recuerde esa esperanza. Y eso no te hace menos fuerte; te hace humano.

Sigo en esta lucha y no quiero fingir que todo ha sido fácil o que ya tengo una explicación perfecta para cada parte del proceso. Todavía hay momentos en los que me cuesta. Todavía estoy aprendiendo a escuchar mi cuerpo, a cuidar mi mente, a ordenar mis emociones y a seguir creyendo en medio de la incertidumbre. Pero he decidido intentar mirar este proceso desde el amor. No desde un amor que niega el dolor, ni desde una frase bonita para tapar lo difícil, sino desde un amor que me ayude a preguntarme qué puedo aprender, qué necesito cuidar, qué debo soltar, qué personas han sido luz, qué cosas realmente importan y cómo puedo seguir adelante sin perder la ternura por mí misma.

Porque una noticia difícil cambia muchas cosas, pero también te muestra otras con una claridad impresionante. Te recuerda que la vida es frágil, que la salud no debe darse por sentada, que el tiempo con las personas que amamos es un regalo, que no todo puede esperar, que el cuerpo necesita ser escuchado y que el alma también necesita descanso. Te obliga a mirar de frente lo que quizá venías postergando. Te hace valorar mensajes pequeños, abrazos sinceros, oraciones, gestos, presencias. Te enseña que a veces lo más importante no es tener todo resuelto, sino saber quiénes se quedan contigo cuando todo se vuelve incierto.

No sé exactamente qué viene después. No sé cómo se verá cada parte de este camino. Pero sí sé que no quiero que el miedo me quite la capacidad de agradecer. No quiero que la culpa me robe la paz. No quiero que la incertidumbre apague mi fe. No quiero que una noticia difícil me haga olvidar que todavía hay amor, todavía hay luz, todavía hay motivos para seguir y todavía hay belleza incluso en días que pesan más de lo normal.

Si tú estás atravesando algo difícil, aunque sea algo completamente diferente, espero que esto te abrace un poquito. Espero que recuerdes que no tienes que entenderlo todo hoy. Que no tienes que cargarlo todo solo o sola. Que no eres culpable de no haber visto antes lo que no sabías. Que escribir puede ayudarte a ordenar lo que duele. Que dejarte acompañar también es una forma de valentía. Que sentir miedo no te hace débil. Que seguir aquí, aun con el corazón cansado, también es una manera hermosa de resistir.

Yo vuelvo a escribir desde este lugar: no desde una vida perfecta, no desde una historia completamente resuelta, no desde una fuerza inquebrantable, sino desde una mujer que sigue caminando, que sigue aprendiendo, que sigue creyendo y que ha decidido mirar este proceso desde el amor. Gracias por estar aquí, por leerme, por acompañarme, por sostener este rincón conmigo. Tal vez mi proceso todavía no tiene todas las respuestas, pero si mis palabras logran hacer que alguien se sienta menos solo, entonces incluso en medio de todo esto, escribir sigue teniendo sentido.

Con cariño,
L. Luna

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